Yacía tranquilamente en el salón, hacía tiempo que se
escapaba a aquel espacio de la casa, temía dormir en su habitación tanto como a
la propia vida. Súbitamente selló intensamente los ojos, algo la turbaba, la
velocidad de su respiración había incrementado considerablemente y temblaba
pero seguía durmiendo, ¿qué estaría ocurriendo dentro de su cabeza?
Se despierta sobresaltada con un grito ahogado y los ojos
como platos, suspira y esconde su esquelético cuerpo con la manta de lana que
compró un día cualquiera. Vigila cada centímetro de la habitación con
movimientos rápidos pero silenciosos y se niega a dormir, las pesadillas habían
conseguido inquietarla, le aprisionaban. Teme cerrar los ojos porque eso
significa volver al infierno: un sitio frío y solitario, apartado de cualquier
contacto exterior en el que sus ruegos no iban a ser escuchados. Se estaba
acostumbrando a aquello demasiado rápido y no tenía ninguna necesidad de
escapar: comenzaba a convertirse en su hogar.
Posó los pies en el frío parqué y obtuvo un escalofrío como
respuesta, se aproximó a la vitrina y tomó un vaso y una botella de cristal,
recogió su paquete de camel junto a su móvil y comenzó a liarse un cigarrillo,
<<de algo hay que morir>> pensó.
Huía de la realidad con una copa de whisky en las manos, un
cigarrillo en el precipicio de sus labios y una canción triste; parecía que
intentaba desafiar a algún poeta con aquella mirada afligida, cualquiera se
habría jugado la vida solo por pasar unos segundos allí y escribir algo triste
pero bonito, como hacían los escritores que ella admiraba.
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