21 de julio de 2014

¿Había de verdad tanta diferencia?

Yacía tranquilamente en el salón, hacía tiempo que se escapaba a aquel espacio de la casa, temía dormir en su habitación tanto como a la propia vida. Súbitamente selló intensamente los ojos, algo la turbaba, la velocidad de su respiración había incrementado considerablemente y temblaba pero seguía durmiendo, ¿qué estaría ocurriendo dentro de su cabeza?

Se despierta sobresaltada con un grito ahogado y los ojos como platos, suspira y esconde su esquelético cuerpo con la manta de lana que compró un día cualquiera. Vigila cada centímetro de la habitación con movimientos rápidos pero silenciosos y se niega a dormir, las pesadillas habían conseguido inquietarla, le aprisionaban. Teme cerrar los ojos porque eso significa volver al infierno: un sitio frío y solitario, apartado de cualquier contacto exterior en el que sus ruegos no iban a ser escuchados. Se estaba acostumbrando a aquello demasiado rápido y no tenía ninguna necesidad de escapar: comenzaba a convertirse en su hogar.

Posó los pies en el frío parqué y obtuvo un escalofrío como respuesta, se aproximó a la vitrina y tomó un vaso y una botella de cristal, recogió su paquete de camel junto a su móvil y comenzó a liarse un cigarrillo, <<de algo hay que morir>> pensó.

Huía de la realidad con una copa de whisky en las manos, un cigarrillo en el precipicio de sus labios y una canción triste; parecía que intentaba desafiar a algún poeta con aquella mirada afligida, cualquiera se habría jugado la vida solo por pasar unos segundos allí y escribir algo triste pero bonito, como hacían los escritores que ella admiraba.

Su cerebro que había despertado realmente escasos minutos atrás, repasaba cada momento del delirio que había sufrido su cuerpo y había algo que no cuadraba: ¿había de verdad tanta diferencia entre el infierno y la realidad?


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